Para Christián, el valor de un líder no está en cuánto hace, sino en lo que hace posible. El dueño que se siente culpable si no tiene la agenda llena, que vuelve una y otra vez al papel de héroe que salva el día, termina siendo el límite de su propia empresa.
Su propuesta es otra: un líder que señala el camino y da a su equipo los insumos para recorrerlo. Contexto, parámetros de decisión y confianza. Y que, en lugar de vigilar cada detalle, sigue los resultados con indicadores claros.
Mantén el control sin estar en control.
En Latinoamérica la cercanía con el equipo es una fortaleza, no un defecto. Por eso su método no pide a los empresarios que se alejen, sino que cambien la forma de estar: más presentes en la visión, la estrategia, las relaciones clave y el desarrollo de su gente, y menos en la operación del día a día.